La bella época, ¿dónde ha quedado?, quizás muy profunda se ahoga sin temor en el abismo que rodea a las cosas, los complejos espacio que se apoderan de la voluntad de los objetos.
Todo abismo se ve en la necesidad de demostrar su poder como bestia del olvido, por eso devora la voluntad de las cosas, las seduce, las precipita a la caída inconsciente –palpita–, esa caída, ese descenso hondo en un lodo precario, simple; cual fosa negra, cual compañera del olvido – ¿qué palpita?.
De aquel fondo logra salvarse un recuerdo, y llega hasta mi, hasta mis ojos la imagen del hombre que se ha perdido y consigo a sus semejantes; ha perdido a sus compañeros, los alejo como se alejo el de la vida, pues el contacto con ellos era el desasosiego para consigo. Ni la trémula caminata, grave y eterna, le permitía desligarse del matiz carmesí adherido a sus labios, sujeto a su alma enamorada – ¿palpita mi corazón? – pues ahora, no muy lejos de ahí, cerca del lugar donde me encuentro –más cerca del olvido que de mi cabeza– se adhiere un penoso y solitario instante, se hace mito ese momento, se vanagloria el abismo quitándose su máscara de ceniza pues ahora yo pierdo ese momento, me olvido de ese lugar –no me percato de que comparto una senda– pues me doy cuenta por un ínfimo instante que estoy rodeando un abismo, y de pronto el me habla y yo le devuelvo una sonrisa, como quien saluda a un viejo compañero de juegos.
-Luis Aguiñaga.