No es que no pueda dormir, es que no consigo ignorarme. Esa era otra de esas noches de desasosiego autogenerado. Tan perdido malgastando mi mente pensando en la nada, la vida se me iba desperdiciando aire, un aire que yo no quiero, un aire que yo no elegí; pero aun así me vi obligado a consumirlo, a gastarlo como mi cuerpo, a perderme con él en laberintos de menos de un metro. Muchas veces no es tan fácil poder decretar cuales son las inconsistencias que me llevaban a querer generar un buen relato sobre mi situación actual, he incluso odiaba no poder expresarlo lo más claramente posible. Una parte de mi se aferraba a no revelarse como lo que es; algo pequeño envuelto de miedos. Yo no elegí respirar este aire.
Era gracioso querer forzarme a escribir algo, no podía generar nada bueno a respectiva hora de la noche, en un respectivo lugar de mi habitación; incluso no estoy seguro de que mi vida en general pueda generar alguno bueno. Solo muerdo mis labios y sigo existiendo –decir que vivo seria una hipocresía.
Ahora me duelen los brazos. Esta cama, estas ropas, este aire, nada me pertenece. Ni caminar por las calles, las mismas calles cada día me da un poco de sosiego. Nada equilibra la balanza de mi ominoso futuro, un futuro tan presente como esta noche. Tan clara como el papel donde escribo esto. No hay luz donde me encuentro, la hubo en algún momento; cuando creía que existía claridad era feliz. Ahora cierro mis ojos, ahora intento dormir.
Paciente 16
-Luis Aguiñaga.