Estoy seguro de que habrá gente que se salvará, se que yo no. No podre darme el gusto de alegrarme cuando seamos informados de los resultados. Tiendo a pensar siempre lo peor, y quizás eso me ha ayudado a que mi desilusión no sea tan grande, pero también me ha hecho perder muchas cosas, me ha hecho no luchar, anticiparme al fracaso y verme muerto antes de tiempo. Pero ahí me encontraba yo, sentado en la tercera silla de la segunda fila en un salón demasiado iluminado. Éramos alrededor de cuarenta personas, no conocía a nadie, y ninguno de los que ahí estábamos tenía la menor intención de entablar una conversación. No fuimos arrojados ahí para ser amigos, no se necesitaba crear lazos ni gastar deseos y saliva en alguien que pronto desaparecería, que no sería relevante de ese punto en adelante para nuestras vidas. Y aun así, aunque no fuéramos relevantes el uno para el otro, sin duda sentíamos la angustia de tantas personas reunidas ahí, tantas mentes, tantos cuerpos anónimos que se desperdiciarían por el mero azar con el que algunos creían que se hacían bien las cosas. Todos merecíamos vivir, cada uno de los que sin aparentarlo estaban temerosos y llenos de angustia en esa habitación merecíamos volver a ver el cielo por gris que se encontrara, volver a sentir el aire natural de las calles aunque estas se encontraran sucias y llenas de ratas que circulaban con más libertad que nosotros. Merecíamos eso, el volver a ver el mundo, el volver a creer que estaba ahí, y por deshecho que se encontrara, volver a tener fe en que podríamos reconstruirlo, estar seguros que fuera de estas paredes, de este edificio, de esta cárcel, se elevaba un mundo que aun palpitaba, que aun podría mejorar, un mundo el cual aun podíamos rescatar de tanta maloliente melancolía. Desafortunadamente esto aun no seria así, seguía yo sentado como al principio, y desconocía lo que los demás pensaban. No podía saber si ellos compartirían el mismo pensamiento que yo, y ni siquiera el mismo porque eso sería demasiado; tan solo una leve similitud, una pequeña semejanza que podría darnos la complicidad para no estar solos, para no estar alienados del mundo e incluso de nosotros mismos.
Habíamos sido divididos entre nosotros, lenta pero inevitablemente la gente fue llenada de intranquilidad, después de ese estado intranquilo empezó el de temor, y justo cuando pensaron que todo estaba perdido y la gente estuvo al borde del odio y la locura, apareció. De la nada el gobierno nos mando a su supuesto mesías, el salvador del partido que conduciría al pueblo por un mejor camino, lo limpiaría de tanto malestar y nos daría el supuesto cambio que necesitábamos. Pero estábamos mal, la gente estaba ya muy dañada y no se dio cuenta que esto, lo que pasaba, la desesperación y el repentino alivio fue planeado. Una a una las piezas fueron colocadas para que cediéramos nuestra confianza; nos dejaron vacios de toda fe, de todo sentimiento, fuimos vasijas que ellos llenaron con sus propias ideas, con las aguas turbias de un supuesto sosiego. Y así año con año las cosas no mejoraron como todos creían. Sin duda mejoraron pero solo para el beneficio de algunos pocos. Empezaron a cerrar diversas empresas, de la nada, de un día para el otro la gente ya no pudo comprar comida donde siempre lo hacía, el gobierno había instalado módulos especiales de los cuales podíamos abastecernos, y solo de ellos pues el conseguir comida por otro medio era ya un delito, incluso la mera idea de intentarlo estaba mal vista y se nos obligaba a revelar cualquier intento de esto. Empezaron a perseguir a la gente, de una forma temible empezó a desaparecer la población, personas que según el gobierno eran puntos clave para que el pueblo pudiera revelarse, gente a la que el pueblo quería, personas importantes en su medio que informaba con la poca verdad que les era posible conseguir, gente que intentaba divertir mediante su trabajo también fue cazada. La ciudad quedó rápidamente vaciada, pocos eran los que sabían que había pasado con aquellos que fueron desvanecidos, e incluso a estos que poco sabían también se les empezó a dar ataque. Solo bastaba con que alguien dijera que tal persona fue llevada a cierto lugar para que desapareciera de la misma forma que en su relato, o puede que peor. Así fueron cambiando muchas de las cosas; en los cines solo se proyectaban películas aprobadas por el gobierno. Al principio duraron por un tiempo películas que se exhibían antes de que todo esto empezara, pero al igual que todo, no duro mucho. Escuelas, parques, museos, todo fue cerrado o remodelado. Era como si la ciudad se hubiera aislado. No se nos permitía salir, y desconocíamos la situación con respecto a otras ciudades, hubo un tiempo en que pensamos que se avecinaba una guerra, pero pronto fue desechada esta idea. No había guerra, no había enemigo, la batalla era contra nosotros, nosotros éramos el enemigo, el gobierno se encargo de eso, de volvernos una minoría y acabar con nosotros, de alguna forma ahora nosotros, cada hombre mujer y niño que ahí habitaba éramos una especie de enfermedad, un cáncer que debía ser erradicado. Tampoco sabíamos porque.
Una bocina frente a nosotros dio un fuerte alarido, la estática rasposa nos hizo doler los odios a todos los de la habitación, pero desde mi perspectiva no vi a nadie quejarse o decir palabra alguna respecto a esto. Una voz salió por fin de aquel aparato, dijo algo ya habíamos escuchado mucho durante algún tiempo. Han sido elegidos, nos decía la voz desde un punto lejano. Han sido elegidos para ser parte de un nuevo comienzo, para poder conocer y disfrutar los beneficios de poder pisar la nueva tierra que formaremos. Ustedes serán de los pocos que podrán contemplar todo esto. Alégrense pequeños, rían otra vez. Era una tortura, no entendía como podían jugar con nosotros de esa forma, como podía alguien creer eso después de todo lo que había pasado, todas las heridas, el temor, el odio, después de todo eso no podía entender que hubiera gente capaz de creer eso. No podía y aun así había gente que lo hacía, había quien se alegraba y lloraba ahora de felicidad pues se sentía cambiado, se sentía seguro, se sentía un elegido. Pensaban que podrían salvarse, y lo peor de todo es que había momentos en que yo también lo hacía, y en mi punto más débil yo también sonreí, y me dije que era un elegido, que podría disfrutar del sosiego, de la comida, de los placeres que ser un elegido conlleva. Lancé una sonrisa a quien tenía junto a mí, y él algo temeroso al principio la acepto, y también en él se genero esa nueva felicidad, esa nueva alegría. Éramos pequeños y reíamos otra vez. Uno a uno fuimos empezando a impacientarnos, a llenarnos de una felicidad que habíamos olvidado y podía sentir detrás de mí como había quien incluso hablaba y decía, Somos elegidos. Si, lo somos. Elegidos. Se había roto el silencio, se había roto la muralla de hielo que a cada uno de nosotros nos tenía separados y cautivos, y nos habíamos roto nosotros. Se había partido ya tantas veces nuestro corazón que una mas no nos haría daño, no haría la diferencia. No nos importaba ya el exterior, ni las calles, ni el cielo. Que se lo quedaran las ratas decíamos. Se abrió una puerta, se abrió una oportunidad, la oportunidad que se nos daba para el nuevo comienzo, la oportunidad de cruzarla y convertirnos en elegidos. Nos levantamos rápidamente y nos lanzamos hacia nuestra salida, hacia nuestro olvido. Escuche como las sillas azotaban contra el piso detrás de mí y sentí como todos se arrojaban, se apretaban y corrían. Un golpe me derribo, quizás porque era de los primeros que llegaban a la puerta, pero esto no me importo, ni a otros dos que vi caer igual que yo y levantarse sin saber quién nos había arrojado al suelo, sin sentir el dolor en la mejilla o en la espalda, sin buscar venganza, solo buscando la salida. Nos encontramos todos en un pasillo, excitados sin saber a dónde ir, como si el olvido hubiera llegado justo después del mensaje de la bocina y nos arrebatara el recuerdo de cómo llegarnos ahí. ¿Hacia dónde? grito uno. Pero nadie respondió. Hubiéramos deseado saberlo, estar seguros y gritar también Por aquí. En esta dirección es adonde tenemos que dirigirnos. Pero no lo sabíamos. Estábamos ahí aparentemente libres, pero sin saber a done ir. No había ningún oficial en el pasillo, y desde que nos encerraron hacia más de una hora en aquella habitación no habíamos vuelto a ver a alguno de ellos. Quizás se habían ido, habían abandonado la instalación para dejarnos con nuestra pobre y renovada esperanza, o nos veían, había cámaras secretamente puestas para seguirnos, seguir nuestros pasos, nuestra caída y ver cómo nos consumíamos junto con nuestra patética esperanza renovada. El pasillo estaba iluminado, se extendía frente a nosotros y detrás. Empezamos a caminar, pero ya sin la excitación anterior pues esta había desaparecido y fue remplazada por la angustia, por una intranquilidad de no saber qué hacer, de no querer creer, no querer volver a sufrir. Pero poco les importo esto a algunos y se dispersaron hacia los demás corredores con el primer impulso que sus pies o su alma les ofrecieron. Pero aun así no dejaba de sentir yo también esa intranquilidad, una intranquilidad por no saber qué hacer, por no saber hacia dónde dirigirme, hacia donde correr. Empecé a creer que todos los demás lo sabían menos yo. Que todos los demás por torpe que fuera su decisión, esta los estaría encaminando a un mejor lugar, a otra vida después de la bocina, después de la puerta, después de mi. Y yo, sin poder moverme, seguía torpemente aferrado a no saber, a no querer saber hacia dónde caminar y de esta forma quede rápidamente solo. El pasillo se extendía de forma abismal a mí alrededor, ya no quedaba nadie, ni sus voces ni sus pisadas. Solo con mis pensamientos de nuevo. Los demás salones a mí alrededor se encontraban vacios, llenos de sillas con la inamovible bocina que coronaba el frente de las paredes, todos a puerta cerrada. Lo primero que pensé fue que nuestro salón era el único que había sido utilizado, todas las sillas estaba en perfecto orden a comparación de los destrozos por la impetuosa marea de emociones que nos provoco el querer salir de aquella habitación. Comencé a caminar; primero lento, con un paso cansado hasta llegar al final del pasillo que se extendía y doblaba a la izquierda, después una puerta. Esperaba no tener que soportar la misma imagen de paredes blancas y luz intensa de la que me alejaba, pero esto no fue así. Me encontré dentro de un lugar similar al anterior, otro pasillo. Pude ver al final de este nuevo corredor como alguien corría y se ajaba doblando a la derecha. Por un momento me alarme pues había olvidado que no estaba solo. Decidí seguir el rastro de quien había cruzado frente a mí. Puede que me condujera a un lugar diferente, quizás con algo de suerte los demás ya hubieran encontrado una salida a todo esto (una respuesta) y reunirme con ellos. Los veía celebrando; pero no sabía que podríamos celebrar, no comprendía cómo nos sacarían de ahí y tampoco a que se referían con “pisar la nueva tierra”. Nos sacarían de la ciudad probablemente. La ciudad estaba condenada y nosotros con ella, eso lo sabíamos muy bien, pero no queríamos tenerlo constantemente presente. Esto es demasiado difícil, seguir a alguien a quien apenas vi, más simple hubiera sido que ese mensaje no hubiera llegado hasta nosotros, hubiera sido más simple morir junto a las ratas. No hacia falta mucha razón para adivinar que estábamos en peligro, uno mayor que la ciudad. Eche una mirada de nuevo al lugar en que ahora me encontraba, frente a mí se encontraba una persona, un hombre como de mi edad y estatura, ni siquiera había notado su presencia sino casi hasta golpear con él. Estaba parado en medio del pasillo, con la mirada fija hacia el vidrio de uno de los salones viendo las sillas, la quietud, la soledad interna de esos cuartos, el absoluto vacio que se repetía a cada metro, en cada lugar al que se podía mirar.
—No hay salida—. Dijo débilmente la inmóvil figura que seguía contemplando el interior del salón.
— ¿Qué? — Dije, pues no alcance a escuchar lo que se me decía.
—No saldremos de aquí, ¿no es así?— Dijo él con una voz un tanto triste, resignada. —Jamás saldremos de la ciudad—.
—No—. Respondí yo
— ¿Por qué?— pregunto él mientras se volteaba a mirarme. Sus ojos cambiaron y empezaron a cristalizarse, a llenarse levemente de lagrimas.
—No lo sé— Fue lo único que alcance a pronunciar, por más atroz y patética que esta respuesta fuera. —Quizás no importamos tanto—.
Al escuchar esto último vi como aquel hombre, como por un mejor reflejo movió su cuerpo como si fuera a arrojárseme encima, pero se detuvo. Como entendiendo, como si una parte muy en lo profundo de él lo supiera, lo hubiera sabido siempre. Lentamente bajo la cabeza y empezó a caminar, paso junto a mí, su rostro muy cerca del mío, y pude alcanzar a escuchar unas palabras que interminablemente quedaron marcadas en mi mente, —La cuidad—.
Esas palabras me sacudieron de arriba abajo y por un momento sentí ganas de vomitar. El siguió caminando y desapareció detrás de mí. Casi no entendía lo que había pasado, ¿Qué más podía hacer por él? Le había hecho un favor, el favor al regresarlo a la realidad. Solo estábamos ahí, existiendo, pero era tan difícil, yo seguía inmóvil y helado; temeroso como siempre. Seguí caminando, en vano girando y descubriendo otro pasillo similar, otra puerta, otro abandonado presente, otra idea de cómo moriría ahí. Nada sucedía, se agotaban mis fuerzas, mi esperanza, mi sueño de salir. Incluso anhelaba ver una vez más la ciudad, su decadencia, su reconfortante y familiar imagen. Hoy es domingo, pensé. Pero no estaba seguro, no estaba seguro de nada, era como si el tiempo no se sintiera en ese lugar, la luz ni las paredes cambiaban y eso me alteraba. En el aire se sentía la tristeza, un deseo de huir no consumado. Pero más terrible que cualquier monstruo, más terrible que cualquiera de estas paredes fue mi deseo de renuncia. Me daba nauseas la idea de seguir pues todo lo que ya había visto fue suficiente, no podía soportar más la monotonía de los pasillos, de las paredes e incluso de mi. Me deje caer, resignado, apoyándome contra uno de los blancos e interminables muros que me hacían compañía. Quede recargado en ese lugar, ese lugar que era idéntico a todos los demás, en un punto que era todos los puntos. Estaba recargado en todos lados, mi cuerpo palpitaba repetida e infinitamente sobre todo el edificio; un cuerpo cansado, de moverse y de soñar. Y alterando todo, un grito se precipitó hacia mis oídos, después una disparo y el terrible sonido de un cuerpo cayendo. Todo esto muy cerca de mí, en el pasillo de junto. Un frio inmenso me invadió de nuevo y contemple calmadamente como un hombre doblaba y se internaba en el pasillo en que yo me encontraba. Alto, zapatos negros, traje del mismo color, pistola en mano. Su cara jamás la vi pues mis ojos se detuvieron al ver el revólver que sostenía y volví a bajar mi mirada. Al frente de mi se encontraba el mismo salón del que habíamos salido todos al principio, lo sabía, la puerta abierta y las sillas regadas junto a ella me lo revelaban. No podía hacer nada, no quise hacerlo. Solo cerré mis ojos y pensé. Pensé en la ciudad, en las ratas, y mi mente se dirigía hacia un recuerdo más lejano; pensé en el cielo, en el aire que me rozó la mejilla alguna vez, en un beso, en unos labios que se unían a los míos y los cabellos de quien alguna vez ame me llenaron la cara, me envolvieron, me cubrieron de sosiego. Pensé que soñaba, hubiera deseado soñar. Pero tal vez lo que pensaba, todos mis recuerdos, todo eso era el sueño, y al abrir los ojos mi despertar seria ahí, de nuevo frente al salón destruido, junto a la pared blanca, junto a la muerte. Mis ojos se mantuvieron cerrados, respire profundo por última vez, y me prepare para lo peor.
—Luis Aguiñaga.